Corrupción y malos tratos en las ruinas del antiguo hotel Rex de La Habana

Los dos hoteles llevan el mismo nombre pero han tenido destinos muy diferentes. El Rex de Santiago de Cuba, donde se hospedaron algunos de los actores del asalto al cuartel Moncada, ostenta sus tres estrellas; en cambio, las ruinas de lo que fue el Rex de La Habana, en el número 64 de la calle San Miguel, albergan varias familias que se debaten entre el temor a un inminente derrumbe o al desalojo.

El deterioro de este edificio de cuatro pisos dotado de una hermosa fachada art déco con balcones ha tenido diferentes etapas. La peor se desarrolló a finales de los años 80, cuando dejó de ser una posada que se alquilaba por horas para las urgencias amorosas y se convirtió en un albergue para alojar familias que habían perdido sus viviendas debido a derrumbes, incendios o por haber sido declaradas inhabitables.

Cada una de las pequeñas habitaciones con baño, aptas para cobijar a dos amantes por un par de horas de pasión, acogió a núcleos familiares de numerosas personas que instalaron cocinas, lavaderos y subdivisiones hechas con cuanto material estuviera disponible. Todos creían que su estancia sería por un tiempo limitado y bajo la lógica de la provisionalidad explotaron sin misericordia sus espacios.

Finalmente, el estigma de la inhabitabilidad cayó sobre el Rex y sus habitantes fueron reubicados. Sin embargo, a pesar del lamentable estado en que la desidia dejó al inmueble, siguió siendo un espacio bajo techo y eso, más que un mínimo, era un lujo para los más necesitados, dispuestos a cualquier cosa para obtener y mantener un sitio en la capital de la República.

Venidos de todas las provincias, buscavidas, obreros para formar los “heroicos contingentes de la construcción”, policías para perseguir maleantes y maleantes para evadir policías, se disputan a diario cada metro cuadrado de superficie, cada pedazo de cable por donde circule la electricidad, cada tubo por donde fluya el agua.

El entramado de gestiones que requiere obtener un permiso para vivir en esta leonera pasa por la aceptación de la excepcionalidad que legitime algunos casos y aunque resulte difícil probarlo, muchos de los trámites previos que confluyen en la autorización para vivir allí presentan el inconfundible tufo de la corrupción.

Yudiris Caridad Cintras, procedente del municipio de Antilla, en Holguín, tuvo que escapar con sus tres hijos de la casa donde fue maltratada durante más de 7 años por su marido, un expolicía que nunca fue condenado por ninguna de las numerosas denuncias que ella formuló por amenazas y maltratos.

Los hechos se produjeron en mayo de 2017, cuando tenía 30 años, y la llevaron a entrar en la categoría de “caso social”, por lo que recibe una ayuda económica de 300 pesos; 135 para pagar un comedor y 165 para dos de sus hijos que no reciben manutención del padre.

Al delegado de esta circunscripción del municipio de Centro Habana, Ramón César García, alias El Yardo le asignaron la tarea de ubicarla y él la colocó en una habitación en el segundo piso del Rex que no tenía ni taza de baño. Durante meses tuvo que hacer sus necesidades en bolsas. Algunos vecinos se condolieron de Yudiris y la ayudaron a mudarse al tercer piso, donde quedaba un cuarto con mejores condiciones. Le improvisaron una puerta y allí se instaló con lo que pudo recoger de la calle. Ahora duerme con sus hijos en el piso después de quemar unas viejas colchonetas infectadas con chinches.

Ahora las relaciones de Yudiris con el delegado son muy difíciles. Según ella, este representante del Poder Popular, también expolicía, “tiene en su casa el control de la bomba de agua que suministra el líquido según le parece”. No olvida la ocasión en que fue a reclamarle que llevaba días sin agua. “Me maltrató de palabra y físicamente en presencia de mis hijos. Yo tenía al menor de los niños en mis brazos cuando me lanzó al piso por la fuerza de un golpe de su mano sobre mi cara”. Además, Yuridis denuncia que la acusa de ser “de los derechos humanos” o las Damas de Blanco para aislarla.

Según relata la propia Yudiris, y pudo comprobar 14ymedio, en el Rex vive cerca de una decena de policías amigos del delegado que le apoyan incondicionalmente en agradecimiento a las autorizaciones que sin respaldo legal este les ha proporcionado. “Estoy rodeada”, dice la mujer con una mezcla de humor y angustia.

Yudiris ha acudido a cuanta instancia gubernamental existe para elevar quejas. En cada oficina lo cuenta todo y en cada una va agregando los nuevos escalones de su calvario.

Su caso es conocido en Atención a la ciudadanía del Consejo de Estado, en la fiscalía militar, la fiscalía provincial, el Comité provincial del Partido, la Federación de Mujeres Cubanas, la Asamblea Municipal de Centro Habana. “Me han prometido colchones y cocinas pero lo único que he conseguido es que me permitan tener a uno de mis hijos en un Círculo Infantil”.

Yudiris de la Caridad es solo uno de los muchos casos que entre riñas y ayudas solidarias comparten calamidades en este hospedaje devenido en pocilga. La rapiña entre las ruinas deshumaniza a unos y hace mejores personas a otros, pero todos son víctimas por igual, incluso los victimarios.

Este jueves 26 de julio, en el jolgorio de las celebraciones, algunos de los veteranos de aquella “gesta histórica” rememoran las horas que pasaron en el hotel Rex de Santiago de Cuba, tal vez lo visiten y se admiren del buen estado en que todo se conserva. Probablemente ninguno de ellos sabe del Rex habanero, ni falta que les hace.

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