Cuba, una monarquía absolutista

 

Aunque la Constitución de Cuba dice que nuestro país es una república, eso no es cierto, porque es una hacienda de la monarquía castrista, donde no existe la división de poderes, ni la renovación periódica de los gobernantes, ingredientes básicos que identifican a una república. Al contrario, es un gobierno despótico como lo definió Montesquieu, “en que uno solo, sin Ley y sin regla, lo hace todo sin más que su voluntad y su capricho”.

Analicemos esa monarquía y destruyemos todas sus mentiras.

¿Se disfruta de la libertad política en nuestro país?

¿Para quién? Cuando existe un solo partido político y los que protestan son enviados a la cárcel.

¿Se disfruta de la justicia social?

¿Para quién? Para la nueva clase dirigente que disfruta de todos los privilegios, mientras el pueblo se corrompe para sobrevivir y muchas mujeres se convierten en trabajadoras sexuales para mantener a sus familias.

¿Se disfruta del bienestar individual y colectivo?

¿A quién se refiere?

El pueblo trabajando para el Estado jamás ha logrado ningún bienestar y si alguien lo ha logrado ha sido por la ayuda generosa de los familiares que viven en el “explotador imperialismo yanqui”.

¿Se disfruta de la solidaridad humana?

¿Con quién? Con los movimientos terroristas del mundo o enviando ayuda al extranjero para mejorar su imagen y obtener divisas, mientras el pueblo carece de lo más elemental y, para sobrevivir en esa sociedad podrida que han construido los comunistas, tiene que participar en la corrupción existente que los cubanos llaman“resolver”.

Este engendro diabólico que se llamó Fidel Castro, posiblemente emparentado con el tirano más famoso de la mitología, Fidón de Argos, y con una caja de Pandora en cada mano, que lleva todos los males del mundo, fue incapaz de ser fiel a una ideología determinada, como tampoco a ser satélite de nadie, como no lo fue de la Unión Soviética, que lo subsidió durante muchos años.

Fidel Castro fue siempre fiel a la ideología del poder, al poder enfermizo y total que le brotaba por los poros, y que vivía por el placer que recibía su personalidad enfermiza y egocéntrica cuando enviaba a la cárcel o al paredón de fusilamiento a todos los que tratamos de evitar la comunización del país ante los aplausos de la comunidad internacional y de un pueblo adormecido por sus promesas democráticas.

Él se consideraba el sol que iluminaba con su luz al universo, como llamaban a Luis XIV de Francia “Le Roi Solei” (El rey sol) con el aplauso y la guataquería de muchos gobernantes “demócratas” del continente que lo amaron, como los mafiosos aman al Padrino. Tal parece que el espíritu de Circe o de Fraus de la mitología griega, que representan la mentira y la traición, entró junto con Satanás en el espíritu de este hombre que tuvimos la desgracia que nació en Cuba. Como me repugna escribir el nombre del culpable de nuestras desgracias, porque no le tengo la más mínima consideración y respeto, trataré de usarlo lo menos posible; porque preferiría llamarlo por el nombre que más identifica su carácter, como Comunista por conveniencias, Castro I por su poder monárquico y hereditario, Fascista por sus lemas y consignas, Nazista porque imitó el control que tuvo Hitler de las multitudes, Pinocho por sus mentiras, Judas y Benedict Arnold por traidor.
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