Dos caras tiene la moneda

Entre todos los acontecimientos de importancia para Nicaragua que han ocurrido esta semana, los más relevantes han sido la puesta en vigencia de la Ley Nica Act y la publicación del informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) sobre las terribles violaciones de los derechos humanos ocurridas solo en el período del 18 de abril al 30 de mayo.

Los dos hechos ocurrieron en Washington, capital de los Estados Unidos (EE.UU.), el jueves y viernes de esta semana, pero ambos se refieren a la crisis que sufre Nicaragua y a la disyuntiva de comenzar a resolverla o avanzar inevitablemente hacia una catástrofe.

La Nica Act —hay que repetirlo otra vez— no es solo un instrumento para castigar a la dictadura orteguista. Es también la oportunidad para que Daniel Ortega reflexione, que entre en razón, que renuncie a su delirante proyecto de consolidar en Nicaragua una dictadura totalitaria; y que se siente a la mesa del diálogo con la oposición para acordar un plan realista y viable de transición a la democracia.

En lo que se refiere al informe del GIEI, este ratifica que en Nicaragua ha ocurrido una tragedia de derechos humanos, causada primordialmente por la sangrienta represión de la dictadura orteguista contra las protestas pacíficas y la rebelión cívica del pueblo.

El desastre de derechos humanos y el empecinamiento de Daniel Ortega en imponer la dictadura totalitaria, son precisamente la causa de que EE.UU. haya aprobado —mediante un consenso bipartidista sin precedentes— las sanciones legislativas y administrativas en contra del régimen orteguista.

Los representantes de EE.UU. han aclarado que las sanciones no van dirigidas contra Nicaragua, mucho menos contra el pueblo nicaragüense, sino contra la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Del mismo modo han señalado que las sanciones previstas en la Nica Act no se aplicarían, ni las otras se seguirían aplicando, si ahora mismo o en el menor tiempo posible Ortega vuelve a la mesa del diálogo y comienza a acordar con sus adversarios la solución democrática de la crisis.

No es posible saber qué ideas hay en la cabeza de Daniel Ortega. Pero a juzgar por las respuestas no verbales que está dando a las sanciones, extendiendo, generalizando y profundizando la represión, se puede suponer que el dictador nicaragüense está creyendo que podrá sobrevivir a las presiones externas y que su dictadura perdurará para siempre, como han sobrevivido la dictadura castrista en Cuba, de los Kim en Corea del Norte, de los comunistas en China y la del chavismo en Venezuela.

Pero esos casos son los de una cara de la moneda. En la otra cara están los de Nicolae Ceaucescu en Rumania, Muamar Gadafi en Libia, Saddam Hussein en Irak, Anastasio Somoza Debayle en la misma Nicaragua y Manuel Noriega en Panamá, que cayeron trágicamente. También sobre estos casos debería reflexionar el dictador Daniel Ortega.

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