El daño antropológico del castrismo

Un hombre pasa frente a una valla propagandística en una calle de La Habana (Foto: EFE)

LA HABANA, Cuba. – La educación, gratuita, obligatoria y a la que se dedica una buena suma del presupuesto del Estado, presentada por el régimen como uno de los principales “logros de la revolución”, ha registrado un notable deterioro en las últimas tres décadas, debido, principalmente, a la falta de profesores y su sustitución por los llamados “maestros emergentes”.

Para constatar el retroceso basta con escuchar a la mayoría de los jóvenes cubanos, que, si no hablan en una jerga presidiaria y onomatopéyica, apenas pueden expresarse coherentemente, leerse un libro y menos redactar un par de párrafos sin faltas de ortografía y errores de concordancia.

Nada de cultura general. Solo saben de lo que ven en Facebook. Y ni les preguntes de historia. Ni siquiera la de su país.  La que les (mal)enseñaron es una réplica de la historia, más bien una historieta, reescrita para servir a los propósitos de una dictadura que aspira a ser eterna. Es la historia distorsionada, manipulada y de un patrioterismo enfermizo, que sustituyó a la verdadera.  La historia de una sola Revolución, la que va de Hatuey, pasando por La Demajagua y Baraguá, a Fidel Castro. La historia de que Martí, además de ser el autor intelectual del ataque al cuartel Moncada, por aquello del monstruo y sus entrañas, fue el precursor de la guerra contra los norteamericanos anunciada por Fidel Castro en la carta a Celia Sánchez de junio de 1958. Por si fuera poco, quieren hacer creer que Martí, con su Partido Revolucionario Cubano, fue el inventor, mucho antes que Lenin, de la dictadura de partido único.

Esa historia falseada provoca rechazo. La mala noticia es que como no se conoce la otra, la verdadera, nos hemos convertido en un pueblo desorientado, sin sentido de pertenencia ni referentes, con muy baja autoestima nacional.

Para gran parte de los cubanos, principalmente los jóvenes, la única esperanza de futuro es irse del país. Como sea, a donde sea. Pero principalmente a los Estados Unidos. Porque luego de casi seis décadas de prédica antiyanqui, hoy los cubanos son el pueblo más proyanqui de América Latina.

Algunos aseguran que, pese a todo, Cuba dispone de un mejor capital humano, más instruido que la mayoría de los países de América Latina, y que eso sería de suma importancia en un futuro democrático. Pero es algo discutible, si se tiene en cuenta que gran cantidad de jóvenes profesionales han emigrado, y los que hay en Cuba son de cada vez menor calidad.

Esto último se debe en gran parte a que la corrupción que carcome a la sociedad cubana también se ha adueñado de la educación, y es frecuente que los profesores vendan los exámenes o cobren a sus alumnos por aprobarlos (hasta en una reciente telenovela se abordó el asunto). Súmele a eso los graduados en la época que había que aprobar los alumnos a como fuera para que los suspensos no hicieran perder puntos en la emulación interescuelas.

El arte y la cultura cubana, salvo contadas excepciones, también cada día es de menos calidad. El gobierno lo achaca a una “guerra cultural”, que, de existir, parece estar perdiendo irremisiblemente.

Pese a engendros fascistoides como la Ley de Peligrosidad Social Predelictiva, abundan los jóvenes de conductas marginales y violentas. Y dan risa los sicólogos y sociólogos que investigan las causas de los comportamientos agresivos en la sociedad cubana.

Culpan a las películas norteamericanas y a los cantantes de reguetón, pero obvian que durante medio siglo, el pendenciero Máximo Líder, que pretendió ser el paradigma de los cubanos, enalteció la intolerancia, la difamación y la agresión verbal, lo mismo contra los presidentes norteamericanos que contra los disidentes, los exiliados o los deportistas que se quedaban en el exterior, a los que tildaba de desertores. ¿Acaso no fue el Comandante el creador de los mítines de repudio?

Luego que en el ambiente casi carcelario de las escuelas en el campo, las becas y el servicio militar obligatorio, donde reinaba la ley del más fuerte, aprendimos a resolver los conflictos e imponer nuestros criterios de un modo violento, es inevitable que hoy, tan cotidianamente frustrados como estamos en este sálvese el que pueda nacional, proyectemos a cada paso, aun sin proponérnoslo, actitudes violentas.

Mucho se habla de la pérdida de valores entre las nuevas generaciones de cubanos. En realidad, la crisis de valores empezó cuando en los primeros años de la Revolución pretendieron sustituir lo que calificaban como “la moral burguesa” por otra proletaria y socialista.  No funcionó, porque la moral, que es una sola, sin apellidos, estaba cimentada en valores universales, que ahora, con tanto deterioro social, es imposible traer de vuelta.

No exageran los que hablan del daño antropológico hecho a los cubanos por estos 60 años de dictadura totalitaria. Tendrán que transcurrir décadas, quizás tantas como las que llevó deformarnos, para que volvamos a ser un pueblo normal.

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