El llanto del obispo

Al informar en conferencia de prensa que el papa Francisco lo ha llamado a servir en el Vaticano —sin que le especificara qué clase de servicio quiere que le preste—, monseñor Silvio Báez dijo que había llorado al conocer y aceptar esa decisión papal. Y al concluir sus palabras preparadas para la rueda de prensa, la voz del obispo que es tan querido por el pueblo se quebró por la emoción y el llanto contenido.

Pero no solo monseñor Báez ha llorado por la decisión del papa Francisco de sacarlo de Nicaragua, cuando más lo necesita su pueblo, que sufre un calvario bajo la cruel dictadura y es crucificado todos los días por un poder idolátrico que hace sacrificios humanos, como dijera el mismo obispo a los periodistas.

Todos los verdaderos católicos de Nicaragua lloramos por la partida del obispo Báez. Y seguramente lloran también los demás nicaragüenses de otras confesiones, o de ninguna, que son también gente de buena voluntad sedientas de paz con justicia y libertad.

En la conferencia de prensa para dar la ingrata noticia que ha entristecido a la gran mayoría de los nicaragüenses, monseñor Báez fue acompañado por el cardenal Leopoldo Brenes. Ninguno de los dos dijo que la decisión del papa Francisco de llevarse a Roma al hasta ahora obispo auxiliar de Managua, es para proteger su vida amenazada por el poder idolátrico. Pero es obvio que de eso se trata.

No podemos creer que el papa Francisco quiera facilitarles un triunfo político y darles una alegría perversa a los dictadores, los que han querido desembarazarse de cualquier manera de monseñor Báez. Como denunció el obispo pastor y defensor del pueblo nicaragüense, él mismo recibió información fidedigna sobre planes siniestros fraguados para asesinarlo el año pasado.

Ya en septiembre de 2016, cuando la Conferencia Episcopal de Nicaragua visitó en pleno al papa Francisco, este les recomendó a los obispos que en cualquier circunstancia debían decir la verdad al pueblo y denunciar los abusos del poder, con toda claridad y sin ningún temor. Y cuando monseñor Báez le hizo ver las posibles consecuencias que esto les podría traer, el Santo Padre le dijo: “Bueno, pues tené en cuenta que también hay que contar con el espionaje, la persecución y con el martirio”. Esto fue revelado por el mismo obispo Báez.

Las amenazas contra los obispos aumentaron fuertemente el año pasado, a raíz del estallido social de abril, cuando los obispos no vacilaron en ponerse del lado del pueblo masacrado y perseguido. Desde entonces no solo monseñor Báez ha estado en la mira del poder idolátrico y sus criminales partidarios más fanatizados, pero contra él han enfilado los mayores ataques. Inclusive, hablando sobre él un secuaz de Ortega llegó al extremo de decir ante las cámaras de televisión, que “las balas también traspasan las sotanas de los curas”.

Conforta saber que con monseñor Báez en el Vaticano el papa Francisco estará mejor informado sobre Nicaragua. Y tenemos la fe y la esperanza de que muy pronto el amado obispo del pueblo volverá a su patria ya liberada.

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