En defensa de José Daniel Ferrer

José Daniel Ferrer (Foto de archivo)

LA HABANA, Cuba.- Tal parece que no ha transcurrido el tiempo, y que esos años en que periodistas como Félix Pita Astudillo y algunos otros la emprendían contra los disidentes, y a favor de la tiranía de los hermanitos Castro, no han muerto. Renacieron hoy en un tal Elson Concepción Pérez, y con las continuadoras castristas por antonomasia Marta Rojas y Juanita Carrasco. Todos con el mismo guion, de José Daniel Ferrer, escrito por los represores militares del Militar Mayor, todavía vivo y coleando.

Dignidad y trayectoria no me faltan para defender a José Daniel Ferrer de los mismos buitres cuando leo que el tal Elson vuelve a la cantata de siempre, y jura y perjura —a él que jamás un buitre le ha pisado un callo— que José Daniel Ferrer no es un opositor con ideas distintas, sino un mercenario al servicio de una potencia extranjera, detenido por actos de violencia, contra el orden público y la legalidad.

O sea, en palabras más claras: un opositor del gobierno castrista está considerado como un mercenario que comete actos de violencia contra las leyes arbitrarias de su dictadura.

Elson no podía pues bajarse con otro argumento que no fuera el mismo de siempre, desde hace muchos, muchos años, algo que ya no cree nadie, ni siquiera el pueblo cubano, donde hay cientos de miles de José Daniel, ni los países que rodean a Cuba o las naciones civilizadas del mundo.

Son otros tiempos colega. La democracia está que arde en América Latina, donde la izquierda   ha quedado como una pesadilla, aunque el curita Frei Betto pretenda convertirla en un sueño que debemos rescatar.

En mis ochenta años cumplidos, mentiras como estas estamos cansados de escuchar. Ni siquiera a Batista, en la dicta-blanda anterior a la que vivimos, se le ocurrieron estupideces como las suyas.

Mejor pensemos que muy pronto las leyes cubanas se irán por el inodoro del pueblo, y que reinará la democracia en Cuba y podremos disponer de partidos políticos en busca de buenos administradores para el gobierno, para que jamás en Cuba haya un Félix, una Juanita o un Elson llamando mercenario a José Daniel Ferrer o a cualquier persona que libremente luche por sus ideas políticas y quiera prosperidad económica para su país.

Pero usted, colega, influenciado por la guapería barata de los señores militares de camisas blancas y pistola oculta, vocifera a los amigos eurodiputados que no se inmiscuyan ni amenacen, y les dice que debían saber, de una vez y por todas que en la Isla de la libertad y la resistencia nunca, en los últimos sesenta años, se ha torturado a nadie.

Y sigo diciendo yo: a no ser que hablemos de los miles de presos políticos plantados de los primeros treinta años del castrismo, como Mario Chanes de Armas, Huber Matos, Armando Valladares, Ernesto Díaz Rodríguez, Ricardo Bofill, Sebastián y Gustavo Arcos y yo…

Perdone que me ponga al final de la interminable lista. Es posible que yo no sea la mejor defensora de José Daniel Ferrer. Pero no está de más que diga que yo también fui torturada en 1990 durante seis meses en las crueles tapiadas de la Seguridad del Estado, por mis ideas políticas, y que me vencieron —mujer al fin— entre buitres que se sentían dueños del mundo y de la fuerza bruta.

Hoy, desde mi pequeño búnker de Santa Fe, en La Habana, tengo toda la razón del mundo para decir lo que Elson no se atrevería, porque para hacerlo hay que tener pantalones, entre otras muchas cosas.

¿Y es que acaso olvidó además a Martha Beatriz Roque Cabello, a María Elena Cruz Varela, ambas torturadas, y a tantos que marcharon al exilio, donde hoy trabajan decentemente, y donde jamás fueron pagados por pensar distinto al maquiavélico de Fidel Castro, quien falleció fracasado —aunque quieran decir lo contrario los que sí viven gracias a las limosnas de un gobierno moribundo—?

La historia juzgará, junto a todas las naciones democráticas del mundo, a un gobierno que —¡Qué pena¡— repite como loro infamias de la realidad y asegura aplastar como cucarachas a la oposición —así lo dijo Fidel Castro el 26 julio de 1988—, en busca de mantener una tiranía a costa de cualquier precio.

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