La galopante locura de América Latina

Disturbios en Chile (foto: BBC)

LA HABANA, Cuba. – Cual si se tratara de un homenaje a la Revolución de Octubre de 1917, la chispa de la violencia se encendió recientemente en varios países de América Latina, avivada por partidos de corte socialistoide en cuyas manos el descontento popular termina siendo material inflamable. El panorama regional se ha tornado convulso, mientras la izquierda continental enfurece su retórica anarquista, respaldada por una prensa tendenciosa que victimiza a catervas de delincuentes, presentándolos como estudiantes y trabajadores oprimidos por el statu quo.

Para algunos, las revueltas responden a un intento desesperado de revivir el decadente proletarismo latinoamericano, especialmente ahora que se agitan los vientos de impeachment en Estados Unidos para destituir a Donald Trump. La inestabilidad en el área y la permanencia de Maduro en el poder a pesar de las sanciones, pudieran afectar los números del republicano de cara a las elecciones de 2020; así que no es de extrañar que la izquierda esté dispuesta a recuperar terreno, aunque deba emplear para ello métodos terroristas.

Varios expertos que han abordado el tema de las protestas en Chile —el país más próspero de América Latina — critican la inopinada disculpa ofrecida por el presidente Sebastián Piñera a la ciudadanía, que no ha hecho sino animar a los criminales que destruyeron bienes públicos, pagados con el dinero de los contribuyentes. El recuerdo de la dictadura de Pinochet y el temor de contaminar la democracia actual con métodos de un pasado más severo, se han conjugado para que una masa de vándalos enardecidos se crea con el derecho de exigir hasta la renuncia del mandatario.

Las revueltas en Ecuador y Chile, la ingobernabilidad de Perú, la beligerancia del régimen venezolano y las constantes macarronadas de Bolsonaro a la cabeza del gobierno brasileño, han agravado el contexto de fragilidad e incertidumbre que enmarca a las democracias latinoamericanas, maniatadas por sus propias leyes ante un comunismo pendenciero que no obstante su mala fama, ha conseguido anotarse pequeñas victorias simbólicas, suficientes para un engendro ideológico que vive de vender discursos y utopías.

Ante el inmovilismo de los gobiernos de América Latina ha ocurrido lo impensable: Venezuela se hizo con un escaño en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, a pesar del informe presentado este mismo año por la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, Michel Bachelet, en el cual fueron denunciados 7 mil asesinatos extrajudiciales, además de torturas, violaciones, secuestros y represión violenta contra opositores a la dictadura de Nicolás Maduro.

El hecho, además de ofensivo, absurdo y peligroso, enloda el carácter de una institución nacida para velar por la paz y el respeto a los derechos civiles en el continente. Resulta insensato que una dictadura que ha asesinado a manifestantes en plena calle, ocupe un puesto que la acredita como defensora de las garantías civiles. Tamaño dislate constituye una bofetada en la cara de los cincuenta gobiernos que han desconocido a Maduro, y una afrenta a los presos políticos, los millones de emigrados y las familias venezolanas que continúan viviendo en la miseria.

La campaña impulsada para deshacer el entuerto siembra más dudas que esperanzas; mientras se debilita la credibilidad de las instituciones democráticas y la confianza de los ciudadanos de bien, que ven con espanto e incredulidad cómo ceden los presidentes ante las exigencias de una escoria respaldada por la izquierda más reaccionaria.

Tan envalentonada está Venezuela, que Diosdado Cabello reconoció públicamente el soplo de una “brisita bolivariana” en países vecinos. Poco le faltó para adjudicarse la autoría “intelectual” de acciones propias del crimen organizado, que como tales deberían ser castigadas.

El chavismo es un delincuente arrinconado que no tiene nada que perder y no dudará en arriesgarse a desestabilizar América Latina. Para ello dispone de soldados desechables en cada rincón del cono sur (jóvenes adoctrinados, indigentes, drogatas, ex convictos), que por un jornal o puro idealismo irracional, son capaces de incendiar un país. Esa es la esencia de la izquierda actual, y hacen muy mal las democracias latinoamericanas en no mostrarla tal cual.

Ojalá estos lamentables sucesos solo hayan sido un “mal de octubre”; exabruptos de un socialismo fracasado que no puede medir su equivocada estrategia de expansión estatal y subsidios con los beneficios que aportan el libre mercado y la empresa privada. Sin embargo, no dejan de ser alarmantes tanto el repunte de la violencia popular como las frecuentes apariciones de mandatarios de una u otra filiación política junto a altos oficiales del Ejército; un detalle que pudiera enviar el mensaje equivocado a las sociedades latinoamericanas, atrapadas entre el debilitamiento de la democracia, el radicalismo de izquierda y el fantasma de las dictaduras militares que tanto mal provocaron en toda la región durante la segunda mitad del siglo XX.

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