La irracional barrida de médicos

Estados Unidos, Nicaragua, protestas, crisis en EE.UU.

Ha causado asombro e indignación nacional, la barrida de médicos del sistema de salud pública que ha hecho el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, cuando el país se encuentra en la etapa más cruda de la pandemia de Covid-19.

Peor aún, la ola de despidos ocurre cuando según el Observatorio Ciudadano Covid-19, 458 miembros del personal médico sanitario se habían contagiado y 48 fallecieron ya en la titánica lucha contra la mortífera peste.

La lógica más elemental indica que en estas circunstancias se debería fortalecer el sistema de salud, reincorporar al servicio a los médicos que se han retirado y que pueden ser útiles en esta emergencia, dotar a todos los miembros del personal sanitario con los equipos de protección personal necesarios, mejorar su remuneración y prodigarles otros reconocimientos y estímulos materiales y morales. Sin embargo, el régimen hace todo lo contrario.

Todos los médicos despedidos que han hablado sobre esto, aseguran que no es por fallas profesionales ni disciplinarias que los han echado de sus puestos de trabajo. Ha sido como represalia porque han criticado las deficiencias del sistema de salud pública y puesto sus firmas en peticiones de una mejor estrategia gubernamental para enfrentar la pandemia.

Los médicos han sido despedidos por intolerancia del régimen, por abuso de autoridad, por el virus perverso y fatal del sectarismo que infesta el alma de quienes para desgracia nacional detentan el poder en Nicaragua.

El sectarismo “es la tendencia a hacer de un partido u otra organización política una secta, es decir, un grupo cerrado, fanático, celoso, intransigente, fundamentalista y beligerante”, nos ilustra el enciclopedista político Rodrigo Borja.

Por su parte el periodista Luis Ventoso, director adjunto del diario ABC de España, dice que el sectarismo “consiste en contemplar la realidad con las orejeras de tu ideología bien caladas, pasándolo todo por el tamiz de una doctrina intransigente que no tolera la discrepancia.” Y nos recuerda que el sectarismo es un virus político mortal de nuestra época que “ya sembró el mundo de cadáveres en dos apocalípticas guerras mundiales”.

El sectarismo político sigue matando gente en la actualidad, en aquellos países donde por desgracia detentan el poder personas que no toleran la crítica, que no aceptan ni siquiera que sus partidarios tengan un pensamiento propio, mucho menos que se atrevan a criticarlos, porque se creen iluminados, autorizados a desgobernar por un mandato divino.

Lo que se está viviendo o sufriendo en Nicaragua es como un mal sueño, una pesadilla. Esta es una dictadura que lo mismo masacra en las calles a centenares de personas desarmadas porque reclamaron sus derechos, que propicia la mortandad de mucha gente más, un genocidio virósico, con su negligencia criminal en el tratamiento de la pandemia. Una dictadura irracional que expulsa de los hospitales a los médicos, a los cuidadores de la salud de la gente y salvadores de vidas humanas.

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