La sangre de Martí

Busto de José Martí (Foto: Facebook/Clandestinos)

MIAMI, Estados Unidos. – El 16 de mayo de 1895, tres días antes de entregar su vida por la independencia de Cuba, José Martí escribió una inconclusa carta a Manuel Mercado, su “hermano queridísimo”, en la cual subrayó: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin…”

¿Quién fue realmente José Martí? ¿Qué podemos descubrir más allá de ese brío culto, de ese poeta de íntegras ideas, del periodista de afinado tino, del patriota cabal, del pensador con una certera y profunda interpretación de las palabras “patria”, “libertad”, “independencia”?

A lo largo de la Historia de Cuba la figura y el pensamiento de Martí han sido numerosas veces adulteradas con el fin de serviría a estos o aquellos intereses, a estos o aquellos propósitos, a estos o aquellos escenarios.

José Martí fue el primero en incorporar la estética al discurso político, describiendo los horrores de la esclavitud con una profundidad y una belleza que arreciaban la condena. Denunció el colonialismo español sin ofender a España y describió los defectos de la sociedad estadounidense sin menospreciar sus virtudes ni las obras de su pueblo. El pensamiento político y social cubano tiene en José Martí su más alto exponente.

El fundamentalismo ortodoxo impuesto por más de 60 años al pueblo cubano ha pretendido vincular la figura de Martí a los irracionales y antipatrióticos esfuerzos por mantenerlo amordazado, identificando las lobregueces de la dictadura con la luminosidad del pensamiento martiano.

Repasemos esta idea, expresada por Martí, en su crítica al “Manifiesto Comunista”: “Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras; el de las lecturas confusas e incompletas, y el de la soberbia y la rabia disimulada de los ambiciosos, que, para ir levantándose en el mundo, empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse como frenéticos defensores de los desamparados”. De esos peligros escribió Martí en “La futura esclavitud”, disertando sobre el tratado de igual nombre de Robert Spencer.

En los pasados días, una sorprendente noticia ha acaparado titulares en diferentes medios y ha sido objeto de las más disímiles interpretaciones en las redes sociales: la aparición en el escenario cubano de un grupo denominado “Clandestinos”, cuyas acciones, según los voceros de la dictadura, han consistido básicamente en lanzar un líquido de color escarlata —el que algunos describen como similar a la sangre– sobre las bustos e imágenes de Martí.

La dictadura cubana ha sido pródiga en idear acciones en su contra, sobre todo en momentos de tambaleos, temblores y cabeceos como el que ahora enfrenta. Cuando sus desatinados planes han fracasado, la justificación ha apuntado siempre hacia la   agresión extranjera. Todo el arsenal propagandístico se vuelca sobre los “enemigos” sin reparar en que el principal enemigo de aquel sistema es su propia naturaleza, su esencia, su probada incapacidad de ser eficaces, la precariedad de sus fundamentos filosóficos, políticos e ideológicos.

La frustración humana tiene múltiples formas de definirse y manifestarse: la sociedad cubana naufraga en un océano de acumuladas frustraciones y desesperanzas, en el que para sobrevivir tiene que mentir y tolerar abusos arraigados por décadas adquiridos en la servidumbre al castrismo. La noticia de que las imágenes de Martí están siendo objeto de esos ataques es la máxima concreción de esa dramática realidad.

Los jóvenes que integran “Clandestinos” fueron culturalmente formados bajo la premisa de que Martí es la máxima inspiración política del castrismo y que Fidel Castro fue el celoso ejecutor de sus promesas libertarias. Y toda esa frustración, toda esa cólera, se vuelca entonces contra aquel a quien identifican como cómplice de la dictadura.

Si hay algo relevante en la trayectoria del castrismo durante las pasadas seis décadas es haber logrado desarraigar del cubano el sentido de pertenencia, de cubanía, de compromiso ético y moral con el destino de la nación. Los jóvenes cubanos prefieren exhibir una camiseta con la Estatua de la Libertad que otra con la imagen de la Virgen de la Caridad. Si de decidir se trata optan por la bandera de Estados Unidos y no por la cubana. Y ese desarraigo probablemente ha sido el motor que ha impulsado a “Clandestinos”.

Curiosamente, a ningún joven de mi generación se le ocurrió llevar en una prenda de vestir la imagen de Lenin o el odiado símbolo del comunismo: la hoz y el martillo. Nadie de mi generación puso por nombre a un hijo Vladimir, Serguei, Natasha, Yuri o Valentina. La influencia del imperio soviético sobre la sociedad cubana, especialmente los jóvenes, fue tan efímera que se hundió junto con el Muro de Berlín.

Y por último deseo reseñar algo que de cierta manera conseguiría justificar o al menos acercarnos a los sentimientos de impulsan a los integrantes de “Clandestinos”. Fidel Castro otorgó la “Orden Nacional José Martí” a renombrados asesinos como Saddam Hussein, Nicolai Ceausescu, Kim-Il-Sum y Janos Kadar, entre otros detestables asesinos. Esa infamia está enterrada en el corazón de la conciencia nacional y puede mostrarse bajo cualquier forma de rebeldía, sublevación o clandestinaje. Todas las armas para   enfrentar y luchar contra una dictadura son legítimas.

¿Cuál ha de ser nuestra actitud? Esperar el desarrollo de los acontecimientos, no permitir que la novedad nos confunda, no apresurarnos en los juicios desmedidos o injustos, no demonizar y mantener encendido ese radar que nos advierte a tiempo en donde emergen la verdad, la impostura o la traición.

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