Los cubanos atrapados en la isla, el daño colateral de los ataques acústicos

Una de las tiras cómicas más famosas, obra del caricaturista cubano Antonio Prohías, es Spy vs. Spy (Espía contra Espía). En esta, dos espías siniestros, uno vestido de negro y otro de blanco, batallan constantemente en una parodia de la Guerra Fría. Cincuenta años después estamos en las mismas, pero no hay mucho que nos haga reír porque las consecuencias de este mano a mano entre espías son trágicas.

El pasado martes la administración del presidente Trump exigió la expulsión de al menos la mitad del personal en la embajada cubana en Washington. El Departamento de Estado estadounidense también anunció la retirada del 60 por ciento de los diplomáticos destacados en La Habana. Todo esto es el resultado de una misteriosa trama que ni siquiera Prohías podría imaginar.

El año pasado agentes de inteligencia en la embajada norteamericana en La Habana comenzaron a quejarse de “ataques acústicos” que aparentemente afectaron su salud. Los ataques escalaron después de la elección de Trump. Inicialmente, el Departamento de Estado se refirió a estos como “incidentes”. Solo la semana pasada los calificó como ataques y confirmó que al menos 21 diplomáticos norteamericanos fueron afectados. Algunos han sufrido daños cerebrales y hasta sordera permanente. Hasta ahora el Departamento de Estado no ha acusado a Cuba directamente de perpetrar estos ataques y, según el Secretario de estado Rex Tillerson, la decisión de retirar el personal de la embajada se tomó “debido al fracaso de Cuba de dar los pasos necesarios para proteger a nuestros diplomáticos de acuerdo con sus obligaciones contempladas en la convención de Viena”.

Los diplomáticos norteamericanos y un canadiense fueron las primeras víctimas de este insólito enigma. El daño colateral, como en todas las guerras, lo sufren los inocentes. En este caso son las miles de familias cubanas separadas que han quedado en un limbo migratorio tras el retiro de los funcionarios que procesan sus visas.

Uno los afectados es mi amigo y productor de radio Miguel Sánchez que lleva un año gestionando la visa de su esposa, que vive en Santa Clara. Estaba a punto de tener una cita en la embajada cuando ocurrió la debacle acústica. Según Miguel siempre pasa lo mismo, “los que pelean son los gobiernos y el que paga es el pueblo, las familias.”

No critico en absoluto la decisión del Departamento de Estado, en realidad no podía hacer otra cosa. Su reacción a estos ataques indefensibles ha sido bastante moderada. Cinco senadores federales, entre ellos el senador de la Florida Marco Rubio, le habían pedido a Tillerson el cierre de la embajada como represalia. El domingo pasado, el senador Rubio en una entrevista en Face the Nation (CBS) dijo que no tiene ninguna duda de que el gobierno cubano está detrás de estos ataques. Nadie que conozca la osadía y la crueldad de la cúpula comunista en Cuba considera que esto fue un accidente o una casualidad.

El gobierno cubano sigue negándolo todo, incluso que hubo ataques. El canciller Bruno Rodríguez, en un discurso condenando la decisión de Tillerson, se refirió a “la presunta ocurrencia de incidentes contra algunos funcionarios de esa sede diplomática”. Sin el menor rubor se desentendió del asunto sin siquiera pedir perdón u ofrecer compensación por los daños sufridos a estos dedicados diplomáticos.

Agentes del FBI y de la Policía Montada de Canadá han viajado a la isla en varias ocasiones para tratar de esclarecer el misterio, pero según reportes, “no han podido llegar a una conclusión razonable.”

En Cuba no ha ocurrido nada razonable en los últimos 60 años. El gobierno cubano no va a hacer nada por tratar de remediar lo ocurrido. Lo único razonable ahora sería que de alguna forma, ya sea en terceros países o por internet, el Departamento de Estado trate de seguir procesando la salida de miles de cubanos con familias en Estados Unidos atrapados como rehenes en punto cero.

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