Los dictadores son desalmados

El miércoles 13 de mayo el régimen dejó en libertad a 2,815 presos comunes, entre ellos 88 mujeres, bajo el concepto de “beneficio legal de convivencia familiar”. La dictadura no incluyó a ninguno de los alrededor de 90 presos políticos y de conciencia que están en las cárceles, a pesar del clamor nacional e internacional por su libertad, al menos para evitar que se contagien con el coronavirus.

Se conoce que más de veinte presos políticos están ya enfermos de coronavirus. El caso más dramático es el de Uriel Pérez, intubado en un hospital de Managua, cuya madre hizo una conmovedora apelación pública de piedad, pidiendo a los gobernantes que tengan un mínimo gesto de compasión humanitaria.

Como era de esperarse, el emotivo pedido de compasión de la madre del preso político se perdió en el vacío. Ha sido inútil porque los dictadores son desalmados, aquí y en todas partes esa es su característica principal.

El Diccionario de la Real Academia Española (RAE) define al desalmado como alguien “falto de conciencia, cruel e inhumano”. Esto es, precisamente, lo que los nicaragüenses que no han sido maleados moralmente por el virus político del caudillismo, piensan de los actuales dictadores de Nicaragua.

Algunos historiadores, estudiosos de la cultura política nacional y analistas políticos, aseguran que todos los nicaragüenses son dictadores en potencia, pequeños y agazapados Pedrarias, Somozas u Ortegas, que solo necesitan una oportunidad para mostrar su talante y comportamiento dictatorial.

Pero eso no es cierto. Una cosa es tener defectos humanos, como los tienen todas las personas del planeta, tendencias individuales autoritarias que se manifiestan en la vida doméstica y las relaciones interpersonales y sociales comunes y corrientes, y otra muy diferente es ser igual, aunque sea solo potencialmente, que los siniestros y despreciables personajes dictatoriales antes mencionados.

Los dictadores son hombres (pero también mujeres, como lo registra la historia universal y lo comprueba la experiencia actual de Nicaragua), que como se dice en un artículo de la revista digital Gen Altruista.com, “son incapaces de aceptar y asumir que haya otras personas que piensen de una manera diferente a la suya. Y recurren a la violencia para silenciar o exterminar cualquier voz disidente o discrepante”. Además, esta naturaleza de los dictadores de cualquier clase o país, es peor cuando sufren perturbaciones mentales y alucinaciones que los hacen más peligrosos y dañinos para las personas y la sociedad.

En Nicaragua, después de la dictadura habrá que promover un proceso de transformación educativa, cultural, política y moral de la sociedad, pero no para sacar al dictador que supuestamente cada uno lleva por dentro, sino para exaltar las buenas cualidades humanas que los nicaragüenses tienen en su interior, las cuales hay que aprovechar para construir la sociedad de convivencia humanista y democrática que debe sustituir al régimen actual.

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