Los Reyes de España y los perros de Cuba

(Foto: Twitter/Cortesía del autor))

LA HABANA, Cuba. – Nadie sabe de dónde salió este can, soberano e indiferente a las políticas y los reglamentos cortesanos, que se les escapó en la recogida y aparece a sus anchas paseando junto a los reyes ibéricos de visita por vez primera en la excolonia perdida de ultramar.

Ha sucedido durante el recientemente programado “recorrido habitual por la Habana Vieja”, esta zona histórica —e histérica— que ha acicalado por largo tiempo Eusebio (el) Leal, el anfitrión perfecto, haciendo hincapié esta vez en la extrema galanura por la importancia de los visitantes, como vistiendo de oro a una anciana medicada y carcamal, porque será él pronto el coronado bajo edicto de aquel reinado en sus propias enaguas.

Tampoco se sabe quién la tiró, aunque ayer se volvió viral en pocos minutos y tampoco se precisa el origen ni la hora. La gente le dio, como sugiere el irreverente influencer Alexander Otaola; Comparte, Comparte, Comparte, sin siquiera averiguar.

Porque la verdad estará ahí, eternamente, golpeando en el rostro como un puño. El desafío a la cara de las hipócritas autoridades cubanas que quisieron esconder “la vida perra” que arrastra la ciudad de cabo a rabo, cada vez más empobrecida, carente de bienestar e insalubre; “la capital de algunos cubanos”, como suelen tildarla en rapto venganza antitotalitaria algunos.

Pues de nada les sirvió recoger corriendo —y asesinar— a todos los animales vagabundos del aeropuerto y de las zonas por donde transcurriría el cortejo con sus majestades a bordo, sino que sintieron suerte de miedo extra ante la inminente rebelión popular con que los animalistas a camisa quitada fueron a reclamar derechos ajenos frente a la pro-nazi dirección de Zoonosis, para que pararan tan inhumana campaña.

Y pararon. El exceso de voluntad criminal inducida desde el poder se amilanó. Fue una victoria, pírrica, pero victoria al fin.

Violeta Rodríguez, por ejemplo, hija del famoso y polémico cantautor Silvio Rodríguez, mostró su triunfo cargando de vuelta consigo, par de humildes rescatados.

Y de ese modo brotó otra representación genuina con la cual testimoniar la vigencia del desmentido de Franklin Delano Roosevelt frente a la propaganda goebbeliana; “…no se puede engañar a todo el pueblo todo tiempo, sino a una parte del pueblo una parte del tiempo”.

No calcularon lo bien que le sienta a una ciudad tener sus realidades expuestas. A los visitantes se les ha tomado en Cuba por subnormales, casi siempre, pero más últimamente. O se les ha pretendido por tradición deslumbrar con falsedades.

Ordenar la conducta colectiva por mandato individual. Ya sabemos heredad de quién. Pervive aún en el subconsciente del pueblo seguir los macabros ejemplos de intentar demostrar lo que no se tiene. De querer esconder lo evidente. De padecer ridículas presunciones.

Esa carencia ha conformado una aberrante norma vivencial. Y nos ha marcado como pueblo, pobre y hasta ruin, en demasiados sentidos.

En cambio, los “Perros del Paraíso”, como intituló el argentino Abel Posse su magnífica novela para tipificar a los habitantes todos de cualquier nación enferma, existen independientemente de los dictados absurdos que los circunscriban.

Y ¿qué somos pues, sino animales?

El aislamiento forzoso suele traernos singulares consecuencias. Despierta nuestras urticarias.

Y a los reyes, por lo visto, les encanta sentirse acompañados. No importa si de animales sarnosos o pulcros, reales o apodados.

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