Los ruidos que propicia el gobierno cubano

Ruido en La Habana, Cuba (foto: Diario Las Américas)

LA HABANA, Cuba. – La Cuba de estos días es ruidosa, pero ningún sitio en el contorno de la isla resulta más estrepitoso que La Habana. Esta ciudad está inundada de sonidos estridentes, más terribles que una descarga eléctrica, más temidos que el trueno que ensordece y da pavor. La Habana es una ciudad desordenada, bullanguera e irrespetuosa. En cada barrio de la ciudad se hace más visible el escándalo y el comité de defensa de la “revolución”. La Habana no aguanta un escándalo más, y tampoco un homenaje, aunque, y pensándolo muy bien, en esta villa no son tan dispares el escándalo y el homenaje, más bien son lo mismo, …y sus “comités de defensa” no consiguen disipar la bulla, más bien la propician, y hasta la premian.

La Habana se convirtió en un terreno fértil para la bulla, y lo peor es que nos fuimos acostumbrando al griterío. La Habana no sabe, no puede, controlar tanta pendencia, y mucho menos a sus pendencieros. En cada cuadra se cruzan los ritmos más ensordecedores, en cada “comité”, las más belicosas estridencias. Una madre chilla pa’ que el niño deje la patineta, la pelota, pa’ que entre al baño, pa’ que apague el reggaetón y haga la tarea, pa’ que coma la miseria que hierve en el fogón. En cada cuadra “trinan” los improperios, en toda la capital trotan los caballos que se adelantan al carretón que carga con el peso de los muy caros aguacates, del ajo de precio “lujosísimo”, de la cebolla onerosa, ¡tan abusiva!

“¡Se verán horrores!”, dijeron muchos cuando bajaron los barbudos, sin imaginar las verdaderas dimensiones de lo que estaba por llegar. Unos días después ya estaban instaladas las bocinas que amplificaron los discursos, las consignas, y sobre todo las amenazas con las palabras más soeces… ¿Soeces?, pues digo mal, ¡las más cochinas!  Las bocinas “revolucionarias”, y el discurso que ellas amplificaban fueron, quizá, el primer enemigo del silencio salvador. Las bocinas llamaron al trabajo voluntario, a la fidelidad, y hasta legitimaron, con muy altos decibeles, la represión, y algunas muertes.

Los niños habaneros chillan en el matutino asegurando que serán como el Che, y la maestra alza la voz luego, amenazando, advirtiendo que, si no se callan, que, si no responden con voz ecuánime, los dejará sin receso, con tareas extras que le impidan el juego de la tarde. La maestra chilla inquisidora, la maestra amenaza tanto, y tan alto, que no consigue que sus alumnos aprendan las tablas de multiplicar, ni a hacer silencio cuando ella las explica, cuando exige que las memoricen. La maestra más bien divide, exige que griten fuerte cualquier consigna, que usen toda la fuerza de la voz para chillar: “!El que no grite es yanqui!” La maestra divide gritando improperios, y los niños la siguen en su empeño.

La Habana es una ciudad bulliciosa. En La Habana se gritan las fidelidades y se callan las deslealtades. Y es imposible que sea de otra forma. ¿Cómo sería esta ciudad sin gritos? ¿Cómo íbamos a enterarnos de que el arroz liberado que “sacaron” en la bodega es brasileño? ¿Cómo, en medio de tanto desorden, se anuncia mejor que hay jabón “por la libre”, que no hay papel higiénico en ninguna parte? ¿Cómo, si no es con chillidos, vamos a entendernos? El grito desplazó al béisbol y al domino, se convirtió en el entretenimiento nacional. El grito hizo más visible lo que preferimos hacer notar. “Patria o muerte” gritamos, quizá sin saber que era la patria quien nos acercaría, más y mejor, a la muerte.

Los gritos traen más gritos, dicen los más viejos, y es verdad, pero hemos tenido que acostumbrarnos al chillido aterrador que dicta, y también al de un cerdo al que le dan la puñalada para que se desangre y muera en medio de cualquier calle de la ciudad más importante de Cuba, para afeitarlo luego y dejar la carne sin un pelo, para picarlo, para luego indagar en el vecindario si alguien quiere comprar las vísceras. Y uno de los vecinos inquiridos gritará que el bofe, y otro que el hígado, y el más desdichado se conforma, gritando, con las patas, con el rabo.

Confieso que hice de todo para acostumbrarme al desparpajo aunque todavía no lo conseguí. No me gusta el ruido, ni los chillidos de los puercos que entrar a la muerte, ni los berridos del chivo o el carnero. También detesto mirar al conejo que abandona la vida sin chistar, tras un golpe fuerte en el cuello. No me gusta mirar a esa gallina a la que le retuercen el pescuezo para dejarla sin vida. El fricasé sabe mejor cuando no se relaciona con esa agonía, con los estertores de la muerte que en esta ciudad se hace tan visible. Lo mejor es comprar la carne limpia, lista para la cocina, sin bulla, sin berridos.

No soporto los berridos del chivo o el carnero, el desespero del puerco apuñalado. No soporto una Cuba, debí decir un gobierno, que propicia tales desparpajos en la calle. Lo mejor sería ir al mercado y comprar, si no se hiciera imposible, si no fuera tan caro. Lo mejor sería que este gobierno no hiciera tan visible la muerte, la agonía del puerco, del carnero, de sus ciudadanos. Sería bueno que los habaneros, los cubanos todos, no se enteraran de lo que comerá en la tarde el más cercano, que no se curioseara  en los olores que salen del fogón de los vecinos. Sin dudas la culpa es del gobierno, él es el culpable del desorden, del hambre que propicia sin recato; si sucediera lo contario no tendríamos que enterarnos de lo que comerá el vecino. Y con esa certeza estoy seguro de que, como trataron de demostrar, primero un chino y luego unos cuantos filósofos: Solo hace ruido el árbol que cae, si alguien lo escucha. Eso debieron aprender los comunistas cubanos.

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