“Miedo le tengo a no tener dinero”

Los fines de semana son para salir a la calle, dicen los más jóvenes (foto del autor)

LA HABANA,Cuba. – Mientras las ciudades de Italia, España y otras de Europa y hasta de América Latina, incluyendo Venezuela, tan cercana políticamente al régimen cubano, se muestran desoladas o con poblaciones extremando las medidas de protección individual para evitar el contagio con coronavirus, al menos en La Habana la situación transcurre peligrosamente “normal”.

Con muy contadas excepciones entre choferes y funcionarios de aduana que, a lo sumo, apelan al uso del tapabocas, el resto de las personas pareciera ajeno a lo que sucede en el resto del planeta.

La vida en las calles continúa como si la pandemia se tratara de “otro catarro más que solo se lleva a los viejos, y en los países fríos”, como responde una joven a la que le pregunto si no tiene miedo de enfermar, más cuando reconoce que mantiene actualmente relaciones sexuales con dos italianos, o cuando no duda en pegar los labios a la lata de cerveza de un “amigo extranjero”, probablemente un español, que pasa y le brinda de su bebida.

“Miedo le tengo a no tener dinero”, responde cuando le advierto que lo que hace es peligroso pero la muchacha, que dice llamarse Liana, ni siquiera sabe que Italia es, después de China, el país que más casos de enfermos de coronavirus ha reportado.

“Pero eso es allá, que hace tremendo frío pero dicen que aquí el calor lo mata y el alcohol”, dice riendo a carcajadas mientras, a modo de coqueteo, le pide otro sorbo de cerveza al mismo turista con quien se iría pocos minutos después.

Al igual que Liana, otras jóvenes a diario pasean de una punta a la otra del Paseo del Prado buscando extranjeros con quienes “hacer la noche”.

No solo ellas que truecan sexo por dinero dependen del visitante extranjero que pasa, en la misma situación están también quienes trabajan como intermediarios de personas que rentan habitaciones de manera legal o clandestina, los guías de turismo no profesionales que además ofrecen el “valor agregado” de “otros servicios prohibidos” como la venta de tabaco torcido procedente del mercado negro o de drogas.

Incluso proxenetas, estafadores, dueños de restaurantes privados y estatales, están obligados a romper todas las normas y protocolos sanitarios porque se trata de hacer dinero y los escrúpulos son un obstáculo que casi todos están dispuestos a saltarse, “si hasta el gobierno lo hace”, se justifica Nivaldo, un hombre de unos sesenta años que dice sentarse todas las tardes en el Prado porque “siempre se le pega algo”.

Nivaldo se refiere a los extranjeros que pasan y, cuando logra sacarles conversación, terminan por regalarle dinero (“uno o dos pesos”, dice el anciano) o jabones de hotel. Hasta le piden recomendaciones sobre dónde comer o tomar un taxi, entonces les ofrece ayuda, los acompaña, y por esa gestión los taxistas y dueños de casas de renta le pagan una comisión.

“Si no lo hago, no muero de coronavirus pero entonces muero de hambre. (…) Si tengo que elegir, entonces lo más inteligente es comer para no enfermarme o al menos para estar fuerte y aguantar lo que venga (…), mira, el gobierno (cubano) hace lo mismo, dice que dejó entrar el barco (se refiere al crucero británico MS Braemar) por ayudar, y no dudo que sea verdad pero también se le pegó un dinerito, lo mismo hago yo pero hasta me amenazan con acoso al turismo”, nos cuenta y además agrega que no se siente amenazado por la pandemia.

“Creo que es más miedo que otra cosa. Mira la gente cómo anda, y solo hay dos o tres casos (actualmente hay 11 reconocidos oficialmente), eso es señal de que no pasa nada”, afirma.

Su percepción de la realidad es similar al de muchas otras personas a quienes preguntamos al respecto del también conocido como COVID-19.

Aunque todos decían estar informados sobre las graves consecuencias de contraer la enfermedad, al mismo tiempo no estaban dispuestos a someterse a algún tipo de aislamiento, mucho menos a recogerse en sus casas los fines de semana “porque están hechos para salir a la calle”, nos dice Diosvel, un adolescente que incluso asegura haber sacado ventajas de la situación en muchos aspectos.

“Los otros días quería venir para el Vedado y las guaguas (ómnibus de pasajeros) estaban imposibles, llegué a la matazón, tosí dos veces, hice como si estornudara, y la gente hizo así y subí tranquilito, eso sin taparme la boca (…), yo no tengo catarro ni nada pero es gracioso ver cómo la gente te abre paso, se aparta y te dejan subir a la guagua, o hasta se bajan”, cuenta entre risas.

Joan, otro joven de La Habana, narra cómo pudo hacerse con la última caja de cerveza Cristal que había en un mercado de la capital usando una táctica similar a la de Diosvel.

“Vi que quedaba una solita en la góndola y para allá iba otro tipo a cogerla pero yo iba detrás. (…) ¿Qué hice?, le estornudé casi en el cuello y el tipo salió corriendo (…), los otros días mi mamá hizo lo mismo para comprar las papas, dice que se puso a toser y una pila de viejas se fueron al momento (…), eso del coronavirus aquí no llega, eso es de Europa, del yuma (extranjero), aquí ni eso llega, aquí no llega nada”, comenta Joan.

Baño público en el Parque de El Curita en Centro Habana. No existen mínimas condiciones de higiene incluso bajo amenaza de pandemia. Foto P. Chang

Baño de un restaurante de Habana Vieja. A lo sumo un pomo de cloro, y el jabón es un elemento excepcional. Foto P. Chang

Interior de El Tángana en el Vedado este fin de semana. Mostradores vacíos, apenas con botellas de ron. Muchos creen que el alcohol y el sol son la solución. Foto P. Chang

La vida en los centros nocturnos continúa como en otros momentos en un país donde las economías individuales dependen del visitante extranjero. Foto P. Chang

Mientras algunas instituciones estatales y, sobre todo, proyectos culturales decidieron cerrar como medida preventiva ante el coronavirus —algo que algunos en las redes sociales han interpretado como una forma velada de censura, puesto que ha afectado apenas a algunos espectáculos—, discotecas, bares y otros centros nocturnos continúan abiertos hasta altas horas de la noche en plena Rampa habanera donde la dinámica usual de esos sitios se mantiene como si no pasara nada.

En los baños, donde hace meses escasean el agua y el jabón, incluso en aquellos que pertenecen a lugares donde estos no debieran faltar por el número de turistas que los frecuentan, apenas se han colocado frascos con soluciones de cloro que muy pocos usan no porque desconozcan su efectividad sino por “cuidar la ropa”.

“Está bien, te echas el cloro pero después ¿con qué te secas las manos?, porque no te ponen papel higiénico ni secadora eléctrica, ¿me seco con la ropa? El cloro destiñe, y la ropa está muy cara”, explica Mercedes, una señora que dice haber almorzado en un restaurante en el Paseo del Prado donde le fue imposible lavarse las manos pero, aún así, decidió tomar los alimentos porque “tenía hambre y no iba estar en esa bobería”.

Buena parte de los restaurantes y centros nocturnos del Vedado, Habana Vieja y Centro Habana, según pudimos comprobar, no cuentan con toallas de papel ni jabón para el lavado de las manos, pero mucho peor es la situación en los baños públicos donde ni siquiera existen los lavamanos, y el agua que usan es estancada, como sucede en el que está ubicado en el Parque de El Curita, un servicio que, por sus malas condiciones higiénicas, debiera ser clausurado incluso si no existiera el peligro de la pandemia.

“Dicen que el coronavirus se va con sol y mucho alcohol”, responde un anciano en quien, como en muchos cubanos y cubanas, han surtido efecto los mensajes que, de modo directo o subliminal y por diversas vías, intentan restar importancia a la pandemia de COVID-19, persiguiendo proyectar una peligrosa imagen de normalidad.

Esa estrategia pudiera reportar beneficios económicos a unos pocos que, con mucho de prepotencia, se creen a resguardo o inmunes, pero por otra parte propicia calamidades a multitudes de inocentes que, ya de por sí, se enfrentan a otras tragedias humanas.

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