Por un 10 de octubre sin ideologías ni falsas elecciones

Monumento a Carlos Manuel de Céspedes en la Plaza de Armas (Foto de archivo)

PARÍS, Francia- Hace 151 años Carlos Manuel de Céspedes y otros españoles de Cuba -ayudados por exmilitares dominicanos, traidores a España-, aprovechando la inestabilidad política en Madrid, iniciaron una guerra civil cuyas consecuencias todavía duran en Cuba.

Desde entonces la historiografía insular, financiada con dinero extranjero, se ha empeñado en fabricar una mitología, descontextualizando sus causas, así como la calaña moral de sus iniciadores; el primero de los cuales era un abogado arruinado, lleno de deudas, con las ínfulas de grandeza que lo llevaron al despeñadero de San Lorenzo, traicionado por sus propios compañeros. No olvidemos que éstos nunca le perdonaron sus aires de gran señor, ni el haber tomado las armas antes de la fecha prevista, para apropiarse de la dirección de la revuelta organizada por los camagüeyanos.

En 1868 Cuba no era aquella colonia que pintan los libros de historia escritos antes y después de 1959; todo lo contrario, la isla era la provincia más rica y más desarrollada de España, contaba con una tupida red de ferrocarriles, transporte marítimo desde y hacia todas partes del mundo, sin olvidar la eficiencia de su red de telégrafos y su conexión por cable submarino con Cayo Hueso.

Si desde el punto de vista social, la esclavitud seguía siendo la base de la economía, está de sobra ya probado que Céspedes y sus acólitos no se levantaron para redimir a los trabajadores de las plantaciones. Todo lo contrario.

Además, a mediados del siglo XIX ya todo el mundo sabía que la revolución industrial terminaría con la esclavitud. De hecho, las reformas que acabarían con el sistema ya se estaban diseñando en Madrid. Lo que sí no puede cuestionarse es que los esclavos en Cuba estaban más protegidos que en otras manufacturas de su entorno, y que este sistema nunca impidió la existencia de una clase social negra libre y próspera en la isla. Un grupo que, dicho sea de paso, fue prácticamente exterminado por la República mambisa en 1912.

Los españoles de Cuba, animados por las ideas revolucionarias de 1789, y la masonería; financiada por Inglaterra, pero amparada y armada por Estados Unidos en su territorio, concibieron un proyecto independentista que nunca encontró el arraigo popular que le presta la leyenda nacional. De hecho, durante el período siempre hubo más isleños luchando por España al contrario.

A pesar de que las razones expuestas con anterioridad están perfectamente documentadas, es imposible encontrar a algún intelectual dentro o fuera de Cuba que se atreva a cuestionarlas. Contrariamente a lo que ocurre con las leyendas nacionales de otros países hispanoamericanos, ya enraizadas, la nuestra carece de una épica creíble. En todo caso, la misma ha resultado ineficaz a la hora de protegernos de nuestros propios demonios. Hoy, como en 1868, los cubanos siguen buscando en otra parte las soluciones a sus problemas trascendentales, sin hablar ya de los coyunturales, para retomar una cierta palabreja a la moda.

No se trata de dar marcha atrás al reloj de la historia, a fin de cuentas, Madrid, como ocurre ahora mismo en Cataluña, siempre ha dado la razón a los grupos de poder económico, sin creerse de verdad el cuento de que la soberanía de la Nación de todos recae en el pueblo. La ceguera de las élites intelectuales obnubiladas por la Leyenda Negra -que han aceptado sin rechistar el relato histórico servido por franceses, ingleses y protestantes- tiene una responsabilidad en el desastre. Al final, ellas serán las responsables de la desarticulación de lo que queda de España en la actualidad.

Esta mañana, Federico Jiménez Losantos afirmaba en su editorial radiofónico desde Madrid que lo único que no se había aplicado en Cataluña era “la represión de los golpistas”. Le recuerdo al admirado intelectual español que, en 1868, en la antigua provincia de Cuba, los independentistas eran una minoría que tampoco nadie se tomaba en serio. La exagerada represión ordenada desde La Habana los hizo más fuertes y contribuyó a cuajar una rebelión durante una década; la misma que, 30 años después, con la ayuda “desinteresada” de Estados Unidos, terminó con el poder de España en América, separando a varios millones de españoles de sus raíces y de su nacionalidad hasta el día de hoy.

Volver con España

Si lo quisieran sus élites, España sí podría recuperar a Cuba en el marco de un acuerdo global entre Europa y Estados Unidos, quienes, lejos de las rencillas habituales, seguirán siendo aliados estratégicos a mediano y largo plazo. Cuba, considerada como un territorio ultra periférico de la Comunidad Europea en el Caribe, no tendría que renunciar ni a su identidad hispánica, ni a los “logros” sociales que el castrismo ha defendido a lo largo de todos estos años.

Las modalidades de esta reunificación de razón y los caminos para conseguirla están por discutirse, pero no serían difíciles de concebir dentro de una negociación civilizada, donde todas las partes encontrarían solución a sus problemas más urgentes.

El de los cubanos, salir de la pobreza y de la dictadura, sin pasar por un probable estallido popular y una nueva intervención de Estados Unidos.

Con la vuelta de Cuba, aunque sea dentro del marco europeo, España podría convertirse en una nación más influyente dentro del continente.

Por otra parte, las tensiones nacionalistas dejarían de tener sentido en ese nuevo contexto, mientras que las exportaciones excedentarias españolas podrían tener un mercado seguro en el Caribe.

En cualquier caso, la reunificación de la isla sería buena para la economía española a largo plazo y más adelante, con los líderes adecuados, podría convertirse en la primera etapa para la construcción de la Hispanidad.

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