Posada o el pasado

El  intento de presentar a
Luis Posada Carriles como un patriota ejemplar y combatiente anticastrista
vertical guardó semejanzas, durante un tiempo, con la campaña internacional del
régimen de La Habana en favor de los cinco espías cubanos que cumplían condenas
en cárceles estadounidenses. En ambos casos, los carteles de terrorista y
antiterrorista se colgaban a partir de argumentos ideológicos.
La realidad es que Washington utilizó a Posada Carriles para
diversas actividades encubiertas, en una época en que el empleo de ciertos
medios violentos, hoy catalogados como actos terroristas, se mantenía más o
menos en secreto y no se sancionaba como en la actualidad.
Sin embargo, la repulsa mundial al uso de la tortura y el
terrorismo, en sus manifestaciones más diversas y bajo el supuesto amparo de cualquier
causa, demuestra el rechazo mundial a las justificaciones políticas para los
asesinatos de civiles y los actos que ponen en peligro la vida de inocentes.
Durante los últimos años de su vida, Posada Carriles terminó
convertido en un rezago de otra época, y en un ejemplo de inmoralidad e
hipocresía, por parte de sus defensores, al disculpar la realización de
sabotajes y actos terroristas con el objetivo de atacar al enemigo. Ya con
anterioridad había logrado acumular un amplio historial —en parte hecho
público, en parte mantenido aún en secreto— que lo descalificaba como patriota
y luchador por la democracia. No fue un “destacado militante anticastrista”
sino un individuo que la mayor parte de su existencia actuó al margen de la
ley, sin detenerse a medir las consecuencias de sus actos en las vidas de seres
inocentes. Es cierto que el Gobierno cubano manipuló su caso con fines
propagandísticos, y que dicho régimen carece de moral para presentarse como un
paladín del antiterrorismo, pero ello no basta para absolver de culpas a
Posada. Muchos actos en su trayectoria merecen la misma repulsa que la campaña
de sabotajes llevada a cabo por el Movimiento 26 de Julio y el Directorio
Revolucionario, para poner fin a la dictadura de Fulgencio Batista. No hay
justificación para colocar bombas en cines, parques, restaurantes y hoteles. El
terror no es un arma adecuada ni moral ni legal, ya sea utilizada contra un
dictador como Batista o contra déspotas totalitarios como los hermanos Castro.
En junio de 2015, causó un pequeño revuelo en Miami una
información aparecida en el Nuevo Herald,
que señalaba que un documento desclasificado por el Departamento de Estado, de
fecha tan lejana como 1976, que mostraba las preocupaciones sobre los vínculos
de la CIA con grupos extremistas de exiliados cubanos, a la vez que consideraba
a Luis Posada Carriles como el autor más probable del atentado contra un avión
de Cubana de Aviación ese año. Aunque la propia información del periódico
aclaraba que el documento ya se había dado a conocer con anterioridad, si bien
en una versión censurada, y que formaba parte de la colección del Archivo
Nacional de Seguridad. Además, en el artículo se incluía que el Miami Herald había reportado en 2007 que
Posada había sido informante pagado de la CIA.
Esto último, que fuera una especie de versión caribeña o cubana
del tema del traidor y del héroe —con todos y para todos lo que le pagaban— no
era un asunto que entonces algunos en Miami querían recordar, y tampoco esta
faceta ha figurado a la hora de su obituario, por parte de todo tipo de prensa
de Miami.
Aunque ya en abril de 2011 la absolución de Posada Carriles, en
un juicio en El Paso, Texas —por entrada ilegal en Estados Unidos—, se había
convertido en una derrota moral, sufrida por la rama radical y violenta del
exilio, aunque sus miembros no supieron o quisieron reconocerlo. Si no lograron
verlo así, fue por los muchos años transcurrido desde sus primeros
enfrentamientos con el régimen de La Habana, que habían transformado su
beligerancia en comentario radial, declaración de esquina; palabra altisonante en
la oscura conflagración ante una taza de café.
En tres horas, los miembros del jurado reunidos en aquella corte
texana decidieron que el acusado que tenían frente a ellos no era un
combatiente anticastrista sino un anciano al que inmigración había tendido una
trampa; un viejo indocumentado que era víctima del Gobierno norteamericano. Con
un predominio de miembros de origen hispano, no fueron doce hombres en pugna
sino una banda de mexicanas y mexicanos —“bad hombres”, según Trump— dispuestos
a pasarle la cuenta a la migra y a entonar un corrido que terminara en Miami,
el único lugar para entonces dispuesto a aceptar a tan engorroso sujeto.
Que un “luchador anticastrista” aprovechara esa circunstancia
era normal en cualquier tipo de enfrentamiento ante un enemigo poderoso. Que
con anterioridad empleara tácticas y medios terroristas para conseguir su
objetivo resultaba condenable, pero consecuente con una tradición imperante
durante el siglo pasado. Que por muchos años se sirviera de otros países como
base para preparar y lanzar ataques no fue más que una repetición de gestos y
conductas llevadas a cabo por muchos otros antes que él. Que se sintiera
incomprendido y rechazado, por un país que lo había utilizado en más de una
ocasión para trabajos sucios, no debió extrañarle nunca. Aunque todo eso cae
dentro de la mentalidad y la actuación de cualquier terrorista internacional,
desde los anarquistas italianos a los fundamentalistas islámicos. El ser
considerado patriota por unos y asesino por otros resulta parte del oficio.
Sin embargo, al jurado validar las declaraciones de Posada, de
que no había tenido nada que ver con los atentados dinamiteros contra la
industria turística en Cuba, el exilio se quedaba de pronto sin un “héroe”.
Porque el plan de atentar contra el turismo extranjero en Cuba era un ejemplo
clásico de una forma de acción respaldada y propagada por ese sector del exilio
que siempre había reclamado la exclusiva de mantener una actitud combativa
frente al régimen de La Habana.
Así que al agradecer Posada al sistema de justicia norteamericano,
y al jurado “que encontró la absolución”, no hacía más que ratificar su
argumento de que él no había tenido nada que ver con los atentados.
De esta forma, el plan de los atentados a los centros turísticos
quedaba reducido a dos o tres extranjeros, que por dinero habían puesto las
bombas y a causa de ello asesinaron a un turista italiano. Como que su
itinerario de activista anticastrista se encogía un poco. Posteriormente habría
que agregar que nunca apareció publicada una lista de “hechos de guerra”, con
resultados efectivos, que justificara su “trayectoria anticastrista”. Así,
desde antes y al final, la historia de su militancia y dedicación a la causa de
la democracia en Cuba quedó reducida a algo similar a la virginidad de la
Virgen María: cuestión de fe.
De esta forma, y hasta la muerte de Posada Carriles, el exilio
transitó por esa doble ruta en que legalmente se negaba la participación en
actos terroristas, muchos de ellos llevados a cabo desde lugares y destinos
fuera de EEUU, y al mismo tiempo se ensalzaba una supuesta trayectoria, activa
y decisiva, contra el régimen de La Habana.
Lo que queda en pie hoy son una serie de documentos mantenidos
secretos por mucho tiempo, ningún logro, ningún objetivo cumplido, solo una
sarta de fracasos y varios crímenes.
Una serie de documentos publicados en octubre de 2006
muestran la implicación de Luis Posada Carriles en la voladura de un avión de
Cubana de Aviación en 1976, en el que murieron 73 personas. Dichos documentos
fueron desclasificados gracias a la Ley de Libertad de Información y a petición
de la organización National Security Archive (NSA), de la Universidad George
Washington.
Entre las informaciones desclasificada estaban las
declaraciones de los agentes de policía de Trinidad y Tobago, que fueron los
primeros en interrogar a Hernán Ricardo Lozano y Freddy Lugo, dos venezolanos
condenados en su país en 1986 por colocar las bombas que destruyeron el vuelo
455, de acuerdo a un cable de la agencia Efe.
Su interrogatorio sugiere que “la primera llamada que
hicieron los autores del atentado después del ataque fue a la oficina de la
compañía de seguridad de Luis Posada, ICI, que empleaba a Hernán Ricardo.
Ricardo alegó que había sido agente de la CIA, aunque luego se retractó”, según
el NSA, añade la información de Efe.
Ricardo también señaló que le habían pagado $18 000 para
atentar contra el avión y que Lugo recibió $8 000..
El NSA también reveló tres informes de inteligencia del
Buró Federal de Investigaciones de Estados Unidos (FBI), que fueron enviados al
entonces secretario de Estado, Henry Kissinger, tras el atentado.
Los informes secretos, firmados por el director de la
agencia Clarence Kelly, se centran en la relación entre el agregado legal del
FBI en Caracas, Joseph Leo, Posada y uno de los venezolanos que colocaron la
bomba en el avión y al que Leo proporcionó un visado.
“Un informe de Kelly, basado en la palabra de un
informante en Venezuela, sugirió que Posada había atendido a reuniones en Caracas
donde se planeó el atentado”, según el NSA.
“El documento también menciona a un informante que declara
que tras la caída del avión uno de los terroristas llamó a Orlando Bosch
[fallecido en 2011], uno de los principales conspiradores en el plan, que dijo:
‘Un autobús con 73 perros se despeñó y todos murieron’”, añadió la
organización.
En una
entrevista aparecida en el mes de agosto de 2006 en el diario español La Vanguardia, Bosch declaró, al
preguntársele sobre la voladura del avión de Cubana de Aviación:
“Para mí es un
blanco de guerra. Hay muchas cosas que no puedo decir. Pero eran acciones de
guerra. Y aquel avión era un avión de guerra. Iban coreanos del norte,
guyaneses. Comunistas todos. Los deportistas llevaban cinco medallas de oro de
esgrima. ‘Cuba se ha distinguido en boxeo. Pero no en esgrima’, decían. Era una
gloria de Fidel. Habíamos acordado en Santo Domingo (cuando se formó el grupo
Comando de Organizaciones Revolucionarios Organizadas en 1976) que todo lo que
salga de Cuba para darle gloria a Fidel tenía que correr el mismo riesgo que
los que combatimos la tiranía”.
Aunque los
vínculos de Bosch con la bomba del avión de Cubana de Aviación nunca han sido
demostrados de una forma definitiva, ya en junio de ese año la CIA y el FBI le
seguían los pasos, e informes aseguraban que estaba planeando volar un avión de
Cubana de Aviación, y que un grupo que lideraba lo había intentado en dos
ocasiones previas sin éxito. Según esos informes, alguna vez antes del atentado
alguien escuchó decir a Posada Carriles: “Vamos a dar un golpe, Orlando tiene
los detalles”. Bosch declaró en dicha entrevista que era el jefe de Posada.
“Posada era mi
subalterno”, expresó Bosch a La Vanguardia.
El viernes 11 de
mayo de 2007, Granma, periódico
oficial del Gobierno cubano, reprodujo las llamadas telefónicas de Posada
Carriles con relación a las bombas en La Habana en 1997 y que habían sido
entregadas por las autoridades de la Isla al FBI un año después, según un cable
de la Associated Press.
El rotativo
dedicó dos páginas a incluir fragmentos de 10 de las 14 conversaciones en las
cuales el hombre comentó con algunos amigos y aliados tanto en Venezuela como
en Centroamérica sobre los ataques..
“Y ahora dos
explosiones más, una la metimos en el Hotel Sol Palmeras de Varadero, uno de
los nuevos esos de los españoles y la otra en una discoteca en plena Habana’”,
se lee en las transcripciones publicadas.
Las charlas se
producen entre febrero y septiembre de 1997.
También en ellas
se habla del financiamiento de estas acciones, de otras frustradas bombas en
México contra agencias de viaje isleñas, de la protección de algunos amigos y
hasta de comisiones por negociados turbios en Centroamérica.
En varias
ocasiones Posada Carriles usa un nombre falso que fue su seudónimo de aquella
época: Ramón Medina Rivas y la mayoría de las veces su interlocutor es
Francisco Pimentel, un comerciante venezolano de origen cubano.
La forma en la
cual se realizó la instalación de estos explosivos fue el reclutamiento de centroamericanos
por parte de Posada Carriles, algunos de los cuales confesaron al caer
capturados en La Habana y se los sentenció a pena de muerte aunque esta condena
no se les aplicó.

“En total se prepararon
14 artefactos explosivos, de los cuales 8 explotaron, 4 fueron desactivados y 2
fueron ocupados en el momento de introducirlos en el aeropuerto”, expresó un
comentario incluido en Granma junto
con las transcripciones de los fragmentos de las charlas.

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