¿Preludio a una nueva agresión de la Corea comunista?

 

 

Corea del Norte Kim Jong-unKim Jong-un, líder de Corea de Norte comunista. Foto archivo

LA HABANA, Cuba.- Este martes fue noticia la destrucción de la oficina conjunta de enlace inter-coreana, ubicada en la villa de Kaesong, perteneciente a la llamada República Popular Democrática. Como todo el mundo sabe, Corea del Norte, pese a su nombre, es una monarquía harto impopular y absolutamente antidemocrática. Según Kim Yo-jong, hermana del actual mandamás comunista norteño, la oficina resultaba “inútil”.

Las amenazas formuladas por el régimen de Pyongyang incluyeron la divulgación de un “plan de acción” del “Ejército Popular de Corea” para reingresar en zonas que fueron desmilitarizadas en virtud de los acuerdos suscritos entre ambas partes del dividido país. El mensaje, que utiliza el truculento lenguaje tan caro a la dinastía Kim, ofrece “convertir la línea del frente en una fortaleza y elevar aún más la vigilancia militar contra el Sur”.

El anuncio de la agencia comunista KCNA habla de  una “terrorífica explosión” que destruyó la edificación. Aunque en la desdichada satrapía de Corea del Norte nadie osa actuar sin una previa orden de arriba, se atribuye la acción hostil a “la resolución del pueblo indignado para forzar a la basura humana, y a quienes han dado abrigo a la basura, a pagar caros sus crímenes”.

Esa alusión a los detritus parece referirse al señor Park Sang-hak y otros anticomunistas que huyeron del “paraíso terrenal” norcoreano hacia el Sur de la península, y desde allí luchan contra la dinastía Kim. Su acción más reciente (y causa del actual exabrupto) es el lanzamiento de unos globos que, impulsados por el viento, descargaron en Corea del Norte propaganda prodemocrática.

El hecho ha sido calificado por Pyongyang como “una provocación más grave que el fuego de armas y artillería”. ¡Imagínense, amigos lectores, en las octavillas se describe al monarca Kim Jong-un como un “diablo”, que tendrá un final sangriento similar al del iraquí Saddam Hussein o el libio Muammar al-Gaddafi!

Además de las incendiarias proclamas, los globos iban cargados también con objetos que parecían menos conflictivos: ejemplares de la Biblia, dólares, radios portátiles y memorias-flash. Estas últimas contenían materiales que la tiranía de Kim Jong-Un considera “altamente subversivos”. ¿Un ejemplo? Novelones elaborados por la Televisión sudcoreana…

Aunque algunos discrepen, pienso que esa actitud asumida por la satrapía de Pyongyang resulta comprensible: se trata de un estado que propugna a ultranza el ateísmo y encarcela a los creyentes. ¿Recuerdan al pastor canadiense Hyeon Soo Lim, para quien el Fiscal pidió la pena de muerte y que fue condenado a cadena perpetua por dejar una Biblia en una cafetería!

Se trata asimismo de un país en el que se cumple la premonición genial de Orwel sobre las “telepantallas” en las que sólo puede verse la propaganda oficialista. En un lugar con esas características, un equipo que pueda captar la radio sudcoreana o una memoria-flash con un “culebrón” del mismo origen, representan en verdad materiales “subversivos”.

Por eso considero “comprensibles” los exabruptos de la satrapía de Pyongyang. Lo inesperado es la reacción del gobierno democrático de Corea del Sur. El presidente Moon Jae-in ha prometido reprimir y demandar a los activistas. También ha presentado un proyecto de ley para prohibir en lo adelante el envío de globos.

Park Sang-hak, que encabeza un grupo que se autodenomina Luchadores por una Norcorea Libre, se declaró indignado por esas acciones: “Sudcorea nos amordaza”, dice, “y al propio tiempo se pliega al régimen malvado del Norte”. Y agregó: “Cuanto más nos persigan, más proclamas enviaremos, y lo haremos más a menudo”.

Siempre he dicho que una comparación entre las dos Coreas constituye el mejor material que puede existir para demostrar las diferencias abismales entre un sistema democrático de libre empresa y una tiranía comunista. También lo eran las dos Alemanias, pero las diferencias de éstas, felizmente, han ido borrándose.

Las que existen entre el Norte y el Sur de la dividida península asiática no. Ellas están ahí, a la vista de cualquier observador objetivo que desee arribar a una conclusión veraz. Como mismo están las fotos satelitales que permiten ver una Sudcorea nocturna rebosante de luz al mismo tiempo que el Norte permanece sumido en densa oscuridad.

El sistema brutal impuesto en la llamada República Popular Democrática mantiene a su pueblo bajo un yugo aún más pesado que el de Cuba (lo cual es bastante decir). Ha producido hambrunas bíblicas que han ocasionado la muerte de millones de ciudadanos. Pero sí supera claramente a sus hermanos del Sur en el terreno militar.

La dinastía Kim mantiene sobre las armas un ejército de millones. Sobre la base de las carestías de la sojuzgada población, ha logrado desarrollar el arma atómica, así como cohetería, para llevarla a los puntos que el mandamás de Pyongyang designe para ser aniquilados.

Y no debemos olvidar que la dinastía Kim es proclive a la agresión. Fueron los apetitos de poder del fundador de la dinastía (el “invencible mariscal de acero” Kim Il-sung) los que determinaron, en los años cincuenta del pasado siglo, el ataque del Norte al Sur, que dio lugar a la destructiva y sangrienta Guerra de Corea.

Durante decenios, la propaganda roja de Corea del Norte intentó cambiar los papeles y atribuir la agresión a Estados Unidos y a los sudcoreanos. Pero fueron los mismos comunistas quienes echaron por tierra esa versión mentirosa. No los de la época de Stalin, claro, sino otros muy posteriores, ya en tiempos de Glasnost y Perestroika.

Especialistas militares que todavía eran soviéticos calificaron de inverosmíl la versión norcoreana. Según ésta, el ataque provino del Sur, pero el ejército comunista logró detener la ofensiva y contratacar. Tres días después, las tropas de Kim Il-sung entraban en Seúl, la capital sureña. “Técnicamente, eso es imposible”, dijeron simplemente los estrategas de los tiempos de Gorbachov.

Con esos antecedentes, se comprenden las prevenciones del gobierno sudcoreano y sus deseos de hacer todo lo que esté a su alcance para evitar el menor pretexto que pudiera dar lugar a una nueva agresión de los Kim. Esto explica los pasos que ha dado para evitar el ulterior lanzamiento de globos, aunque esto, como es obvio, implique desconocer el derecho a la libre emisión del pensamiento de los anticomunistas residentes en Sudcorea y el de acceso a la información de sus desdichados hermanos de Corea del Norte.

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