Profanadores de tumbas

En los últimos días, madres de estudiantes y otras personas asesinadas por la dictadura orteguista en la represión contra la rebelión cívica de abril del año pasado, han denunciado que las tumbas de algunos de sus familiares han sido o están siendo profanadas.

Lo mismo ocurrió el año pasado, al aproximarse —y durante— el Día de Difuntos, que es el 2 de noviembre. Ahora igual que hace un año, se desconoce la identidad de los profanadores de los sepulcros de los mártires de abril, aunque por los letreros que pintarrajean sobre las lápidas y cruces se deduce que son partidarios del régimen de Daniel Ortega.

La profanación de tumbas es una acción abominable, ya sea que se mire desde la perspectiva de una creencia religiosa o de la cultura laica fundada en la educación cívica, la ética social y el humanismo.

La profanación de sepulcros no es exclusiva de ninguna corriente ideológica, aunque los profanadores de tumbas de Nicaragua se identifican con un poder político que se proclama oficialmente de izquierda y socialista, como es la dictadura de Daniel Ortega. En realidad, se trata de una perversidad que practican individuos enfermos del alma que se ubican tanto en el lado izquierdo como en el derecho de las filias y las fobias políticas.

Tampoco la profanación de tumbas y cadáveres de seres humanos es algo nuevo. Esta actividad perversa se practica desde la más remota antigüedad y aún en las sociedades más civilizadas, según se deduce de mitos griegos clásicos como el de Antígona.

Al despuntar la era moderna, la Revolución Francesa de 1789 instituyó oficialmente la profanación de las tumbas de reyes, nobles, obispos y sacerdotes católicos, cuyos restos mortales fueron sacados de sus sepulcros, expuestos y vilipendiados ante las turbas sedientas de venganza, supuestamente para “castigar” a la tiranía derrocada.

En la actualidad son frecuentes las profanaciones de cementerios y sepulturas de judíos en distintos lugares de Europa, perpetradas por militantes de ultraderecha. También la tumba de Carlos Marx, en el cementerio de Highgate en Londres, ha sido profanada por anticomunistas radicales.

La profanación de tumbas es una manifestación extrema y estúpida de odio y venganza política, que no puede perjudicar físicamente a los muertos pero ultraja su memoria y causa un gran daño emocional a las personas vivas, familiares de los muertos profanados, sobre todo las que tienen creencias y sentimientos cristianos.

El arzobispo de Cali, en Colombia, monseñor Darío de Jesús Monsalve, ante una serie de profanaciones de tumbas ocurridas en esa ciudad en 2014, resumió la doctrina católica sobre este repugnante crimen explicando que “profanar los cementerios, un cadáver o un acto de exequias, es una injuria grave y escandalosa contra lo sagrado, que pone de manifiesto la perversidad en la que puede caer una persona o, más gravemente aún, un grupo o una ‘auto-organización’ de grupos marginales, excluidos y desbordados dentro de una sociedad que descuida así a sectores vulnerables de su población”.

La profanación de tumbas en Nicaragua es un delito penado con 3 años de prisión, según el artículo 191 del Código Penal. Pero la ley no vale nada para los que detentan el poder.

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