Represión en tiempos de Coronavirus

Patrulla de policía en La Habana (Foto: Internet)

LA HABANA, Cuba. – A la par de las alertas del régimen frente a la pandemia del coronavirus que mantiene en vilo la vida de millones de personas en todo el mundo, el acoso contra los activistas de la sociedad civil independiente no se detiene.

No hay día sin detenciones, amenazas, interrogatorios o cualquiera de las acciones punitivas que la policía política lleva a cabo sin que le importe la anticonstitucionalidad de la mayoría de esos eventos.

Una mirada al presente indica que las políticas de asedio no serán relegadas o disminuidas en estos tiempos en que la infestación y la muerte son dos peligros que acechan a todos los cubanos, más allá de sus filiaciones políticas e ideológicas.

La decisión del alto mando es mantener a raya a quienes insisten en la necesidad de una apertura económica y política como paliativo al ineficiente modelo de reminiscencias marxistas-leninistas.

La continuidad de la intransigencia subraya la inamovilidad de la clase política en el poder sea cual sea el contexto. En este caso rodeado de las posibilidades de un crecimiento exponencial del número de decesos en los próximos meses.

Al margen de esa tragedia, que pudiera estar en pleno desarrollo a partir de la debacle higiénico-sanitaria existente en todo el país, lo cual favorece la expansión de virus, parásitos y bacterias; la vigilancia, control y castigo de los “desafectos” siguen siendo objetivos priorizados en medio de los vaivenes de la incertidumbre.

En vez de concentrar todas las fuerzas posibles en el saneamiento de vecindarios, hospitales, centros de trabajo, escuelas y el traslado de la mayor cantidad de recursos, entre ellos, los que se usan para escarmentar a los activistas y líderes prodemocráticos en la contención del nuevo coronavirus, la realidad explica que esas ideas no están en las mentes de quienes dirigen el país con mentalidad de sargento mayor.

No es descartable que este ambiente termine favoreciendo a los mandamases y sus servidores.

Un aumento más o menos notable en el número de contagiados y fallecimientos pudiera ser el acicate para decretar un toque de queda u otras estrategias de control social más efectivas a aplicar por tiempo indefinido.

En verdad, no tienen ni que esperar a que la crisis escale a esos niveles, ellos pueden crearla mediante una sucesión de artículos periodísticos y un cóctel de declaraciones de funcionarios llamando a la unidad ante un enemigo sin rostro y decidido a mandar al cementerio a cientos de personas.

Las amenazas del coronavirus no culminan en el grado de su letalidad, sino que quizás sean la tapadera para asestar un golpe a las agrupaciones contestatarias que se resisten a claudicar en medio de una lucha cada vez más compleja y desigual.

Con los gobiernos de Estados Unidos y de los países de Europa centrados en ponerle coto al virus y sus devastadores efectos socioeconómicos sería muy insensato pensar en un aumento de la atención a la problemática de la violación flagrante y sistemática de los derechos humanos al interior de la Isla.

Hay que estar atento a la evolución de una crisis que apenas comienza y ya ha puesto a temblar los mercados y a millones de personas en todos los continentes.

Frente a este panorama regido por el pánico y la ausencia de un antídoto lo suficientemente eficaz, surge la probabilidad de un caos como catalizador de cambios hacia una gradual mejoría o bien a manera de una pausa en la conservación o empeoramiento de la debacle.

Veremos que depara para Cuba este fenómeno que según algunos teóricos de la conspiración fue creado con la finalidad de darle un vuelco al actual orden del mundo.

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