Ser sobrios pero estar despiertos

En el contexto de la pandemia de coronavirus que amenaza a todos los nicaragüenses, se oyen voces que proponen o aconsejan poner en modo de descanso la contienda política entre la oposición y el gobierno.

Aparentemente es una proposición sensata y correcta. La pandemia del coronavirus es tan grave que ha semiparalizado al mundo. Nicaragua no está libre de su amenaza y la peste no hace distinciones de ninguna clase, mucho menos políticas. Igual se pueden contagiar la pareja dictatorial y los más fanáticos de sus partidarios, como los líderes de la oposición democrática y sus familias. Decimos esto a título de ejemplo, porque en ambos casos hacemos votos porque eso no vaya a suceder.

Se conoce que en algunos países la clase política ha consensuado un receso en la contienda cotidiana, y en otros hay una fuerte demanda ciudadana para que se tome tal decisión. En España, para mencionar un ejemplo, el periódico ABC dio a conocer los resultados de una encuesta realizada por la firma GAD3, “donde se refleja que el 94 por ciento de los españoles consideran que el Gobierno y la oposición deben aparcar sus diferencias para avanzar en la crisis del coronavirus”. Y agrega la información que el Partido Popular, que es el principal de la oposición, ha cerrado filas con el gobierno para unidos en este caso hacer frente a la emergencia de salud pública.

Pero eso se puede y se debe hacer en una democracia –como la española— no en una dictadura ordinaria como la de Nicaragua.

La dictadura nunca descansa en su afán de hacer daño a la gente, muchas veces sin motivo, solo por el gusto de causar el mal. Y en circunstancias de emergencia, así sea por razones ajenas a la política, la dictadura no solo no se inactiva sino que intensifica su acción violatoria de los derechos humanos y políticos de los ciudadanos, en particular de los que no apoyan los desmanes del régimen.

En estos mismos días de coronavirus, que la dictadura los celebra con manifestaciones políticas callejeras de sus partidarios voluntarios y de los empleados públicos obligados, se ha mantenido el acoso a los excarcelados políticos, ha recrudecido la represión a actos opositores bajo techo y una activista universitaria dirigente de la Alianza Cívica, ha sido expulsada de la Upoli. Solo para mencionar algunos casos.

Entonces, si la dictadura no cesa de violar los derechos humanos, sociales y políticos de quienes no son sus adeptos, ¿por qué entonces la resistencia democrática cívica tendría que dejar de denunciar los abusos dictatoriales, suspender sus actividades, callarse y esconderse?

A nuestro juicio lo que debe hacer la oposición en estas circunstancias es cambiar su modalidad de trabajo, divulgar información veraz sobre la pandemia, concientizar a la población y recurrir más a los medios electrónicos y las redes sociales. Pero nunca dejar de cuestionar a la dictadura que es la única interesada en que la oposición se inmovilice.

A la oposición democrática le cae muy bien el sabio consejo del apóstol Pedro a los primeros cristianos, de que debían ser sobrios en su actuar pero estar siempre despiertos.

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