Trump y el socialismo

En su discurso ante la 74 Asamblea General de las Naciones Unidas, este martes 24 de septiembre, el presidente de los EE. UU., Donald Trump, arremetió contra el socialismo.

Después de reiterar su compromiso de apoyar a los pueblos de Cuba, Nicaragua y Venezuela, que según dijo “viven bajo una opresión brutal”, el presidente Trump aseguró que “el socialismo y el comunismo no tienen que ver con la justicia, ni con la igualdad… No son para el bien de la nación, solo quieren poder para la clase dominante”.

El primer mandatario estadounidense recordó que “en el siglo pasado el socialismo y el comunismo mataron a 100 millones de personas”. Y agregó que como se ve actualmente en Venezuela, “el número de muertos continúa en este país.” Le faltó al presidente Trump decir que en Nicaragua también continúa la cosecha de muertes de una despiadada dictadura que se llama a sí misma socialista.

Ciertamente, el régimen de Ortega se define oficialmente como socialista. La Constitución de Nicaragua no dice exactamente que el Estado es socialista, como sí lo establece la de Cuba. Pero la reforma constitucional de 2014 consignó en el artículo 4 de la Ley Suprema de Nicaragua, que uno de los valores de la nación nicaragüense es el socialismo.

Es más, desde que se promulgó la Constitución sandinista en 1987, durante la dictadura de los comandantes de la revolución en los años ochenta, en el Preámbulo de la Constitución se consignó el compromiso nacional de construir “una nueva sociedad que elimine toda clase de explotación y logre la igualdad económica, política y social”, como es la promesa retórica y falsa del socialismo para enmascarar los sistemas totalitarios.

La reforma constitucional democrática de 1995, durante el gobierno de doña Violeta y la UNO, no suprimió esa aberración jurídica y política, pero sin duda que será suprimida después que termine la dictadura “socialista” de Daniel Ortega y se convoque a una asamblea constituyente, para aprobar una nueva Constitución intachablemente democrática.

Ahora bien, como denunció el presidente Donald Trump esta semana en la ONU, en los países del “socialismo del siglo XXI” (Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia) no hay libertad ni derechos, o son restringidos groseramente; los gobernantes de esos países están atornillados en el poder; la justicia no es independiente ni hay rendición de cuentas de los funcionarios. Y son países mucho más atrasados y pobres que los democráticos.

Como ha escrito Mario Vargas Llosa en un reciente artículo de opinión, este socialismo es un regreso a la barbarie. Menciona el escritor galardonado con el Premio Nobel de Literatura, que los gobernantes de Venezuela ofrecen volver a la economía del trueque. Y señala que “la barbarie se enseñorea también en Nicaragua, donde el comandante Ortega y su esposa, después de haber masacrado a una valerosa oposición popular, ha retornado para reprimir y asesinar opositores…”.

Ciertamente, aún con todos sus defectos la democracia es libertad, civilización, progreso y prosperidad. En cambio el socialismo —castrista, chavista u orteguista— es retroceso, barbarie, miseria, cautiverio y represión. Esto no es una teoría, es una terrible realidad.

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